Fernand
Braudel Center, Binghamton University
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Comentario Núm. 103 - 15 de diciembre
de 2002
"La Política del
Multilateralismo"
Como sabemos, la
administración Bush parece dividida entre los que podemos llamar
"unilateralistas" (supuestamente dirigidos por Rumsfeld y Cheney) y
los "multilateraistas" (supuestamente dirigidos por Colin Powell), y
sabemos ahora que el mismo 12 de septiembre de 2001 Rumsfeld recomendó la
guerra contra Iraq como respuesta a los ataques de Al Qaeda. Evidentemente,
tanto él como Cheney habían firmado en 2000, antes de entrar en funciones, un
documento en favor del derrocamiento de Saddam Hussein. Esa gente no sólo
quería acabar con la posesión por parte de Iraq de armas de destrucción masiva
sino también cambiar su régimen y ocupar el país. Además, en principio querían
hacerlo unilateralmente, sin pedir permiso a nadie.
Como también
sabemos, se encontraron con muchas objeciones políticas de personajes
importantes: el secretario de Estado, los llamados "old Bushies"
(cercanos al padre del presidente), Tony Blair y algunos senadores
republicanos. Todos ellos argumentaban que se podía alcanzar el mismo objetivo
por medio de una acción "multilateral" y sin exponerse a la lluvia de
recriminaciones políticas que se producirían en caso de una acción
"unilateral". Esto condujo a dos resoluciones multilaterales, una en
el Congreso estadounidense y otra en el Consejo de Seguridad de la ONU. Ambas
resoluciones dieron a la administración Bush luz verde para lo que querían
hacer, con algunas enmiendas menores y la demora inherente al regreso de los
inspectores. Pero lo que la administración Bush perdió en esa pequeña demora lo
ganó con creces en legitimación a ojos de los "multilateralistas" de
todo el mundo.
El multilateralismo
es la hoja de parra que ha permitido a todo tipo de fuerzas
"centristas" decir que estaban de acuerdo con el objetivo –acabar con
la capacidad de Iraq para emplear armas de destrucción masiva– sin respaldar
acciones estadounidenses "unilaterales". ¿Pero es realmente mejor una
acción multilateral para alcanzar el mismo fin? Lo que ha permitido ese
escamoteo es eliminar cualquier discusión real previa sobre la legitimidad del
objetivo. ¿Por qué tendrían los cinco miembros permanentes del Consejo de
Seguridad –Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China– derecho
político y moral a almacenar (y a usar) armas de destrucción masiva, mientras
que otros Estados supuestamente soberanos no gozan del mismo derecho?
Si se insiste en esa
pregunta, la respuesta inevitablemente se remite a un juicio moral. Se puede
"confiar" en que las cinco grandes potencias sólo utilizarán en
defensa propia tales armas. Pero no se puede "confiar" en otros
países, en particular si sus regímenes son dictatoriales y su política exterior
es hostil a Estados Unidos. Por mi parte, yo no confío en que ningún gobierno,
repito, ningún gobierno, no esté dispuesto a utilizar tales armas si
cree que conviene a su interés nacional (lo que puede significar sólo su
supervivencia nacional, pero también puede significar simplemente el
mantenimiento de su nivel de vida en general).
La distinción moral
entre lo que es digno de confianza y lo que no lo es ha estado presente durante
toda la historia del sistema-mundo moderno, y siempre ha justificado la
doctrina del "intervencionismo" con el que los
"civilizados" doman a los bárbaros. Retrotrayéndose al siglo XVI,
tenemos el famoso debate entre Las Casas, el obispo de Chiapas, y Sepúlveda
referido a los derechos morales de los españoles en cuanto a su trato hacia los
indios. Uno de los argumentos clave de Sepúlveda era que los españoles tenían
que intervenir (militar y religiosamente) a fin de salvar vidas inocentes, que
él creía amenazadas por las bárbaras prácticas de los indios. La respuesta de
Las Casas a esa argumentación era que sólo se podía intervenir para salvar
vidas humanas si eso no provocaba un daño mayor. Y ahí sigue el debate hasta este
momento.
En el siglo XIX todo
tipo de teóricos europeos justificaba la imposición del dominio colonial en
Asia y África sobre la base de que así se estaba poniendo fin a prácticas
bárbaras (por ejemplo la esclavitud, que esos mismos europeos habían estado
practicando hasta poco tiempo antes; o el supuesto canibalismo; o el suttee
en la India). En la década de 1930 Estados Unidos se vio dividido entre los
"aislacionistas" y los "intervencionistas", que eran
quienes deseaban unirse activamente a la lucha contra los nazis. En el período
posterior a 1945 había muchos que deseaban "liberar" países del
dominio comunista, otros que deseaban apoyar los movimientos de liberación
contra potencias coloniales o racistas, y más recientemente los que deseaban
intervenir –en los Balcanes o en África– para evitar "genocidios".
He recorrido toda
esa gama de intervencionismos para subrayar que las cuestiones morales no son
sencillas. Todos creemos en el intervencionismo en ciertos casos y lo
combatimos en otros. El sistema-mundo moderno está basado no obstante en una
anomalía. Reconoce por un lado los llamados derechos soberanos de todos los
Estados, que definen lógica y legalmente todas las intervenciones exteriores
como agresiones ilegítimas, pero también, por otro lado, una suposición
implícita de ley natural de que existen valores morales superiores sobre los
que se basa el sistema-mundo (lo que ahora llamamos derechos humanos), y que
quienes violan esos valores no tienen derecho a permanecer en el poder en
ningún sitio.
¿Cómo resolvemos esa
anomalía? Bien, podemos considerarla un problema filosófico-moral a debatir, o
podemos establecer juicios claros que impliquen acciones reales en la arena
política. En realidad no es mucha la gente que dedique su tiempo a discutir dilemas
político-morales. Y la gente que establece juicios claros sólo importa si tiene
la capacidad de llevarlos a la práctica. Así pues, cuando es la administración
Bush la que establece esos juicios claros, hace lo que está haciendo. Y cuando
es gente de estructuras menos poderosos la que los establece, normalmente está
condenada a no hacer nada, o a lo más a tratar de sabotear las acciones de los
poderosos.
Pero el principio de
Las Casas –la intervención para salvar vidas sólo está justificada si no provoca
más daños de los que evita– es una buena guía para legitimar la acción en la
arena mundial. Y quienes están apoyando la acción "multilateral" para
acabar con lo que perciben como un riesgo para vidas humanas encarnado en el
mantenimiento de Saddam Hussein en el poder y en su posesión de armas de
destrucción masiva deberían preguntarse si la acción "multilateral"
que recomiendan satisface el criterio de Las Casas. Se trata de una decisión
moral y política que debe basarse en un examen meticuloso de la situación
actual y las consecuencias probables de una invasión de Iraq.
Cuando Tony Blair
dice, como hace poco más o menos un año, que la inacción no es una opción, uno
tiene que preguntarse, muy seriamente: ¿Y por qué no?
Immanuel Wallerstein
© Immanuel Wallerstein
1998, 1999, 2000, 2001.
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