Fernand Braudel Center, Binghamton University
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Comentario Nº 107, 15 de febrero de 2003
La Guerra
Justiciera
George Bush está a
punto de lanzar sus valientes tropas a la batalla en la guerra justiciera
contra el tirano despótico. No se echará atrás, por más que políticos europeos
pusilánimes o venales, importantes figuras religiosas de todo el mundo,
generales en la reserva y otros antiguos amigos de la libertad y de Estados
Unidos se lo desaconsejen. Nunca una guerra se había discutido tanto antes de
iniciarse y nunca había tenido tan poco respaldo de la opinión pública mundial.
¡No importa! La decisión de ir a la guerra, basada en un cálculo de la potencia
estadounidense, se tomó en la Casa Blanca hace ya tiempo.
Debemos preguntarnos
por qué. Para empezar, tenemos que descartar dos importantes teorías
insistentemente propuestas sobre los motivos del gobierno estadounidense. La
primera es la de quienes desean la guerra. Argumentan que Saddam Hussein es un
tirano depravado que representa un peligro inminente para la paz mundial, y que
cuanto antes se vaya contra él mayor será la probabilidad de impedirle el daño
que pretende hacer. La segunda teoría la defienden ante todo opositores a la
guerra. Argumentan que Estados Unidos está interesado en controlar el petróleo
del mundo. Iraq es un elemento clave para ese control. El derrocamiento de
Saddam Hussein situaría a Estados Unidos en el puesto de mando.
Ninguna de esas dos
tesis es demasiado consistente. Prácticamente todo el mundo está de acuerdo en
que Saddam Hussein es un tirano depravado, pero muy pocos están convencidos de
que sea un peligro inminente para la paz mundial. La mayoría lo consideran un
esmerado jugador en el tablero geopolítico. Seguramente está acumulando las
llamadas armas de destrucción masiva, aunque es dudoso que las quiera utilizar
ahora contra nadie, por temor a las represalias. La probabilidad de que las
utilice él es menor, no mayor, que la de que las utilice Corea del Norte. Está
arrinconado políticamente y aunque no se hiciera absolutamente nada
probablemente no podría escapar de ese rincón. En cuanto a sus lazos con Al
Qaeda, todo el asunto ofrece poca credibilidad. Podría jugar táctica y
marginalmente con Al Qaeda, pero ni con la décima parte de intensidad que el
gobierno estadounidense durante mucho tiempo. Además, si Al Qaeda se
fortaleciera, Saddam estaría entre los primeros en su lista de liquidables, por
apóstata. Esas acusaciones del gobierno estadounidense son propaganda, no
explicaciones. Los motivos deben de ser otros.
¿Qué pasa con la otra
razón esgrimida, esto es, con el petróleo? El petróleo es sin duda un elemento
decisivo en el funcionamiento de la economía-mundo. Y sin duda Estados Unidos,
como todas las demás grandes potencias, desea controlar su situación tan
estrechamente como pueda. Y sin duda, si se derrocara a Saddam, podría haber
algunos cambios en la distribución mundial de ventajas relacionadas con el
petróleo. ¿Pero vale la pena? En cuanto al petróleo hay tres cosas importantes:
participar en los beneficios derivados de su industria; regular su precio
mundial (que influye tanto sobre otros tipos de producción); y acceder a las
fuentes (negando potencialmente ese acceso a otros). A Estados Unidos le va
bastante bien por ahora en esos tres aspectos. En el momento actual las
empresas petrolíferas estadounidenses se llevan la parte del león de los
beneficios mundiales. El precio del petróleo se ha regulado adaptándose a las
preferencias estadounidenses durante casi todo el período transcurrido desde
1945, gracias a los esfuerzos del gobierno de Arabia Saudí. Y Estados Unidos
está en muy buena posición en cuanto al control estratégico de la oferta
mundial de petróleo. Quizá se podría mejorar la preeminencia estadounidense en
cada uno de esos tres dominios, ¿pero puede esa pequeña mejora compensar los
costes financieros, económicos y políticos de la guerra? Precisamente porque
Bush y Cheney han estado en el negocio del petróleo, deben de ser conscientes
de lo nimio que sería el avance. El petróleo sólo puede ser, a lo más, un
beneficio colateral de una empresa emprendida por otros motivos.
¿Por qué entonces? Comencemos
por el razonamiento de los halcones. Creen que la posición mundial de Estados
Unidos ha venido declinando constantemente cuando menos desde la guerra de
Vietnam. Creen que ese declive se debe básicamente a que los gobiernos
estadounidenses han sido débiles y vacilantes en su política mundial (eso lo
creen hasta de la administración Reagan, aunque no se atrevan a decirlo en voz
alta). Y creen que hay un remedio, un remedio bien simple. Estados Unidos debe
imponerse por la fuerza y demostrar su voluntad de hierro y su abrumadora
superioridad militar. Una vez que lo haya hecho, el resto del mundo reconocerá
y aceptará la primacía estadounidense en todos los campos. Los europeos se
someterán a las reglas habituales. Las eventuales potencias nucleares
abandonarán sus proyectos. El dólar estadounidense restablecerá su supremacía
sobre las demás monedas. Los fundamentalistas islámicos se esfumarán o serán
aplastados; y entraremos en una nueva era de prosperidad y elevados beneficios.
Tenemos que entender
que realmente es eso lo que quieren, y con gran seguridad y determinación. Por
eso es por lo que el debate público en todo el mundo sobre si es prudente
lanzar una guerra ha venido cayendo en oídos sordos. Están sordos porque están
absolutamente seguros de que todos los demás están equivocados, así como de que
dentro de poco todos los demás se darán cuenta de que se habían equivocado. Es
importante observar otro aspecto de la confianza en sí mismos de los halcones. Creen
que tienen a su alcance una victoria militar rápida y relativamente fácil: una
guerra de semanas, no de meses, y ciertamente no más larga. El hecho de que
prácticamente todos los generales estadounidenses y británicos en la reserva con
algún relieve hayan manifestado públicamente sus dudas sobre esa valoración
militar simplemente se ignora. Los halcones (casi todos ellos civiles) ni
siquiera se molestan en responderles. Por supuesto, no se sabe cuántos
generales estadounidenses y británicos todavía en servicio activo dicen lo
mismo, o al menos lo piensan.
La actitud de "¡A
toda máquina y que se fastidien las minas!" [n. del t.: famosas palabras
del Almirante David G. Farragut, al mando del Hartford, el 5 de agosto
de 1864] de la administración Bush ha tenido ya cuatro importantes efectos
negativos sobre la posición mundial de Estados Unidos. Cualquiera que posea el
más mínimo conocimiento de geopolítica sabrá que, desde 1945, la única
coalición que Estados Unidos podía temer era la de Francia, Alemania y Rusia. La
política estadounidense estaba destinada a hacerla imposible. Cada vez que se
intuía el menor signo de tal coalición, Estados Unidos se movilizaba para
separar al menos a uno de los tres. Así fue cuando De Gaulle hizo sus primeros
gestos hacia Moscú en 1945-46, y cuando Willy Brandt anunció la Ostpolitik.
Había todo tipo de razones por las que resultaba muy difícil constituir tal
alianza, pero Bush ha superado los obstáculos y ha logrado la materialización
de esa pesadilla para Estados Unidos. Por primera vez desde 1945, esas tres
potencias se han unido públicamente contra Estados Unidos en un asunto
importante. La reacción estadounidense a esa actitud pública está teniendo como
efecto reforzar aún más esa alianza. Si Donald Rumsfeld piensa que agitando el
espantajo de Albania y Macedonia, o incluso de Polonia y Hungría, va a
aterrorizar al nuevo trío es que es verdaderamente bobo.
La respuesta lógica de
Estados Unidos a un eje París-Berlín-Moscú sería establecer una alianza geopolítica
con China, Corea y Japón. Los halcones estadounidenses están logrando que esa
respuesta sea imposible de conseguir. Han incitado a Corea del Norte a mostrar
sus dientes de acero, han ofendido a Corea del Sur no tomándose en serio sus
preocupaciones, han hecho a China más suspicaz que antes, y han llevado a Japón
a pensar en la posibilidad de convertirse en una potencia nuclear. ¡Bravo!
Luego está el petróleo.
Controlar el precio en el mercado mundial es la más importante de las tres
cuestiones mencionadas anteriormente. Arabia Saudí ha sido la clave,
facilitando la tarea a Estados Unidos durante cincuenta años por una razón muy
simple: necesitaba la protección militar de Estados Unidos para la dinastía
reinante. La carrera de Estados Unidos hacia la guerra, su efecto rebote sobre
el mundo musulmán, el abierto desprecio de los halcones estadounidenses hacia
los saudíes, el apoyo prácticamente sin reservas a Sharon... han llevado a los
saudíes a preguntarse en voz alta si el apoyo estadounidense no es un lastre
más que una forma de ayudarles. Por primera vez, la facción de la casa real
proclive a distender sus lazos con Estados Unidos parece estar ganando terreno.
Estados Unidos no encontrará fácilmente un sustituto para los saudíes, que,
conviene recordarlo, han sido siempre más importantes para los intereses
geopolíticos estadounidenses que Israel. Estados Unidos apoya a Israel por
razones políticas internas, pero ha apoyado al régimen saudí porque lo
necesitaba. Estados Unidos puede sobrevivir sin Israel. ¿Puede sobrellevar la
turbulencia política en el mundo musulmán sin el apoyo saudí?
Finalmente, las
administraciones estadounidenses han venido tratando de impedir la
proliferación nuclear durante cincuenta años. La administración Bush ha
conseguido en el corto plazo de dos que Corea del Norte, a la que se ha sumado
ahora Irán, aceleren sus programas y no teman airearlo públicamente. Si Estados
Unidos utiliza armas nucleares en Iraq, como ha sugerido, podría no sólo romper
el tabú, sino asegurar una rápida carrera de una docena de países para
conseguir esas armas.
Si la guerra en Iraq le
sale espléndidamente a Estados Unidos, quizá pueda recuperarse algo de esos
cuatro retrocesos geopolíticos. Si la guerra va mal, cada aspecto negativo se
verá inmediatamente reforzado. Últimamente he estado leyendo sobre la guerra de
Crimea, en la que Gran Bretaña y Francia se coaligaron contra la tiranía rusa
en nombre de la civilización, el cristianismo y la lucha por la libertad. Un
historiador británico escribió en 1923 sobre esas cuestiones: "Lo que los
ingleses condenan es casi siempre merecedor de condena, con tal que haya
sucedido realmente". En 1853 uno de los defensores más ardientes de la
guerra era el Times de Londres. En 1859 se lamentaba: "Nunca se
hizo un esfuerzo tan grande y por un objetivo tan fútil. Con gran renuencia
tenemos que admitir que se hizo en vano un esfuerzo gigantesco y un sacrificio
infinito". Cuando George Bush abandone la Casa Blanca habrá dejado Estados
Unidos significativamente más débil que cuando entró en funciones. Habrá
convertido un lento declive en otro mucho más rápido. ¿Escribirá el New York
Times un editorial parecido en 2005?
Immanuel Wallerstein (15 de febrero de 2003).
© Immanuel Wallerstein
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Translated
for RED VASCA ROJA by Juan Mª de Madariaga.