Fernand Braudel Center, Binghamton University
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Comentario Nº 112, 1 de mayo de 2003
¿Existe
todavía el Mundo Occidental?
No se trata de una cuestión de historia cultural, sino de geopolítica
contemporánea. Durante el período 1945-2001 poca gente dudaba de que hubiera
algo en la arena política mundial que se podía llamar "Occidente" o
"el mundo occidental". Evidentemente, había algunas disputas sobre sus
límites. Algunos países estaban obviamente incluidos en él: Estados Unidos, los
países de Europa occidental, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Pero en cuanto
a la zona fronteriza no había un acuerdo unánime. ¿Formaba parte del mundo
occidental la Europa "oriental"? ¿Y Turquía? ¿Y Japón? ¿Era [sólo]
miembro honorario de Occidente, como en la definición del régimen de apartheid
de Sudáfrica, que consideraba a los japoneses "blancos honorarios"?
Desde que el régimen de Bush se lanzó a su campaña unilateral y macho
[sic en el original] en todo el planeta, las relaciones entre Estados Unidos y
"Europa" se han tensado, y los políticos y medios de comunicación de
todo el mundo han llegado a reconocer que la unidad geopolítica de
"Occidente" ya no se puede dar por supuesta. Tras la conquista
estadounidense de Iraq, Tony Blair se ha planteado la tarea de restaurar la
unidad entre Europa y Estados Unidos, lo que evidentemente significa que esa
tarea requiere esfuerzo y que su desenlace no es seguro.
La New York Times Sunday Magazine Section del 27 de abril de
2003 contiene dos artículos, ambos de autores británicos, con un tono muy
diferente. Uno de ellos es de Timothy Garton Ash y se titula "Cómo puede
unirse Occidente", y el otro es de Niall Ferguson, con el título muy
diferente de "El imperio se echa atrás". Una lectura detallada de
ambos artículos revela la naturaleza del debate entre lo que hasta hace poco
era el centro del establishment y la ahora tan poderosa extrema derecha.
Ash es el Director de Estudios Europeos del St. Antony's College de
Oxford y miembro destacado de la Hoover Institution de Stanford (poco
sospechosa de radicalismo). Es muy conocido por sus amplios estudios sobre
Europa central y oriental, tanto antes como después del colapso de la Unión Soviética.
Escribe lo que se podría llamar una "carta dolida" a sus
"queridos amigos americanos", que se inicia así: "Debemos volver
a unir a Occidente". El artículo se concentra en dos cuestiones: Oriente
Medio y Francia. Su opinión sobre Oriente Medio es muy similar a la que ha
proclamado públicamente Blair; insiste en particular en la importancia de crear
un Estado palestino viable. Sobre Francia, cree que se comportó de una forma
"escandalosa" con respecto a la guerra contra Iraq, pero aun así,
dice, "la francofobia de Washington ha ido demasiado lejos", ya que
"Churchill tenía razón: la Europa que queremos no se puede construir sin
Francia", y pide "unos Estados Unidos menos arrogantes".
En cuanto al artículo de Ferguson, el tono es muy diferente: como Ash,
está vinculado a ambas orillas del Atlántico; es profesor de historia
financiera en la universidad de Nueva York así como investigador prominente del
Jesus College de Oxford. El subtítulo de su artículo es "Por qué los
estadounidenses no tienen en realidad lo que se necesita para gobernar el
mundo", y lo deplora. Acusa a Estados Unidos de mantener una
"referencia temporal crónicamente corta", y teme que "carezca
del vigor [necesario] para una administración a largo plazo", que según él
los británicos poseían en su apogeo. Señala que una parte de la elite británica
estaba dispuesta a "pasar toda su vida [...] lejos de su lugar de
nacimiento, gobernando países infernalmente cálidos, plagados de enfermedades".
Por el contrario, "el producto de las instituciones educativas
estadounidenses de elite es gente muy poco dispuesta a vivir fuera de su país,
más allá de visitas y vacaciones esporádicas". ¿Cuál es su conclusión? "Mientras
el imperio estadounidense no se atreva a proclamarse como tal –mientras
mantenga su tradición de hipocresía organizada– los jóvenes hombres y mujeres
ambiciosos de hoy echarán una mirada a la perspectiva del Iraq de postguerra y
dirán unánimemente: "Ni hablar de aparecer por allí".
Así pues, Ash se lamenta de que Estados Unidos emprenda la vía
imperial unilateral y arrogantemente, y Ferguson de que Estados Unidos no
emprenda la vía imperial, lo que requeriría que ocupe permanentemente
países infernalmente cálidos plagados de enfermedades. ¿Cuál de los dos tiene
razón? Como en muchas de esas discusiones, ambos. Ash tiene razón en que
Estados Unidos no puede ir solo por su cuenta con éxito (quizá sí militarmente,
pero no políticamente). Y Ferguson tiene razón en que la elite estadounidense
no está en absoluto dispuesta a servir como "Funcionarios Coloniales"
en el Tercer Mundo.
Ash pide al régimen de Bush que retorne a la política exterior de
hasta hace un año, basada en una Alianza Atlántica significativamente
cooperadora: Ferguson le pide que no haga eso y que se desprenda de la
hipocresía de pretender aparecer como idealistas soñadores frente a un océano
de terroristas. A mí me parece improbable que ninguno de los dos consiga la
política estadounidense que desearía. Los halcones estadounidenses vetarán, ya
han vetado, lo que Ash pide a Estados Unidos. Por otra parte, la política de
los halcones estadounidenses es políticamente inaceptable a largo plazo, no
sólo para el electorado estadounidense sino igualmente para su elite,
precisamente por las razones que aduce Ferguson. A la mayoría de los
estadounidenses les resulta mucho más confortable el aislacionismo que
convertirse en señores imperiales, por mucho que les complazcan las espléndidas
victorias militares.
Mientras Estados Unidos se angustia políticamente sobre su futura
política mundial (pese a los altos niveles actuales de Bush en las encuestas,
que son muy transitorios, Estados Unidos está verdaderamente angustiado por esa
cuestión), Europa seguirá construyéndose a sí misma dolorosamente como tal, no
como parte de "Occidente" ni del "mundo atlántico". ¿Cómo
puedo decir esto, cuando en este momento Estados Unidos parece mucho más
unificado políticamente que Europa, que parece sumida en un estado de agudo y
abierto conflicto interno?
En realidad hay dos razones, una de ellas económica y otra cultural. La
económica es bastante sencilla de exponer. Por un lado, Europa comparte con
Estados Unidos su interés en mantener la actual escisión en la economía-mundo
entre centro y periferia, con todas las ventajas que esa estructura proporciona
al Norte. Por otro lado, Europa es claramente un rival económico de Estados
Unidos, y esa rivalidad se hará más intensa en las próximas décadas. Así pues,
Europa tiene que equilibrar sus ganancias de un frente común del Norte en
arenas tales como la Organización Mundial del Comercio, con sus pérdidas
derivadas de la prolongada ventaja económica de Estados Unidos debido al papel
del dólar, sostenido como está por las presiones políticas y militares de
Estados Unidos sobre Europa.
Si Europa no consigue quebrar el papel privilegiado del dólar, está
condenada a un status de segundo rango. Los europeos son lo bastante
inteligentes como para darse cuenta de esto. ¿Sacrificarán entonces sus
intereses de clase como miembros de pleno derecho del "Norte" si se
da un enfrentamiento importante con Estados Unidos? No necesariamente, porque
creen que la estrategia estadounidense como Norte es menos eficaz que la que
ellos desean mantener, y que la posición estadounidense en las cuestiones
Norte-Sur se ve comprometida por su lucha simultánea contra Europa. Europa cree
que una política Norte-Sur diferente no sólo le conviene a ella sino también a
Estados Unidos (aunque no se dé cuenta). Parece por tanto probable que Europa
no renuncie a su contienda económica con Estados Unidos, que se desarrolla
tanto en los acuerdos financieros internacionales como en las inversiones en
nuevos productos de primera línea. Y a fin de defender sus intereses
económicos, Europa construirá ahora una fuerza militar independiente, contra la
que tanto Blair como Powell han vuelto a proclamar su vigorosa oposición,
teñida con la notable preocupación de que quizá no puedan impedirla.
En cuanto al factor cultural, tenemos que retroceder un poco en la
historia. Estados Unidos es culturalmente un vástago europeo, y hasta 1945,
tanto en Europa (incluyendo, aunque no especialmente, a Gran Bretaña) como en
Estados Unidos, Europa era considerado el hermano mayor. Los realineamientos
posteriores a 1945 convirtieron en Europa en hermano menor, y a los europeos
nunca les ha gustado realmente demasiado esa transformación. La aguantaron en
general durante la guerra fría, pero no ven la necesidad de seguir aguantándola
más. Hasta los europeos más conservadores comparten ese sentimiento; obsérvese
si no el desdén cultural de los argumentos de Ferguson. En realidad, su desdén
difiere poco, en términos de política cultural, de las quejas de Ash, que
simplemente se muestra más educado.
El orgullo cultural europeo es en general absolutamente incomprensible
para la mayoría de los estadounidenses, y siempre ha sido así. La francofobia
prevaleciente hoy día no es en realidad antifrancesa, es antieuropea, y los
europeos lo saben. Ash no es el único en verlo claramente. ¿Existe todavía
Occidente? Todavía no ha desaparecido del todo en términos geopolíticos, pero
parece increíblemente debilitado.
Immanuel Wallerstein (1 de mayo de
2003).
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Translated for RED VASCA ROJA by Juan Mª de
Madariaga.
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