Fernand Braudel Center, Binghamton University
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Comentario Nº 116, 1 de julio de 2003
La
incapacidad de Estados Unidos para dar con el famoso almacenamiento de
"armas de destrucción masiva" en Iraq (o WMD, como las llaman los
titulares de los periódicos), se ha convertido en un problema embarazoso para
el régimen de Bush, y aún más para Tony Blair (así como para el gobierno
español). En la prisa por justificar la guerra, lo menos que se puede decir es
que los gobiernos estadounidense y británico exageraron su alegato, y quizá
mintieron descaradamente.
¿Qué
importancia tiene eso? ¿Y qué significa? Hay varias cuestiones entremezcladas
en la discusión. Primera: ¿cuántas armas tenía realmente Saddam Hussein, si es
realmente tenía alguna, y cuándo las tuvo? Segunda: si tenían armas, ¿por qué
no las utilizaron? Tercera: si había armas, ¿dónde están ahora? Cuarta: ¿qué
importancia le daban realmente Bush y Blair a la cuestión de las armas? Quinta:
ahora que las tropas estadounidenses están en Bagdad, ¿está el mundo más a
salvo de cualquier amenaza que esas armas supuestamente plantearan? Es una
madeja muy enredada de cuestiones, y mucha gente está interesada en que siga
enmarañada, obstaculizando el análisis crítico.
¿Cuántas
armas tenía Hussein? Rumsfeld dice ahora que antes de la guerra nadie (ni
siquiera los críticos de la política estadounidense) dudaba de que tenía
algunas; ¿por qué tanta cantilena entonces sobre la ausencia de
descubrimientos? Las armas estaban allí, están allí, y allí serán descubiertas,
dice. Evidentemente tiene parte de razón. Casi nadie dudaba de la existencia de
algunas armas. Yo mismo no dudaba de ello. La cuestión es si esas armas representaban
una amenaza significativa e inminente para el mundo. Estados Unidos insistió en
que sí, y la mayor parte del resto del mundo disintió de esa valoración
clamorosamente.
Ahora
parece que Saddam pudo realmente deshacerse de la mayoría de esas armas, si no
de todas, en los meses previos al comienzo de la guerra. Sin duda se sentía
presionado a hacerlo. Pero eso era precisamente lo que Hans Blix y el gobierno
francés argumentaban cuando decían que las inspecciones de la ONU estaban
"funcionando". Parece que Estados Unidos ha podido descubrir a un
científico iraquí que admite que en su jardín se enterraron documentos
detallados con respecto a la construcción de armas nucleares... hace una
década. Y al parecer asegura que Saddam lo ordenó porque planeaba poner en
marcha los planes una vez que se levantaran las sanciones. Eso me parece
posible. ¿Pero y qué? Volveremos luego sobre esa cuestión.
¿Tenía
Saddam en efecto armas operativas? Recordemos que Tony Blair dijo al parlamento
británico que podía ponerlas en funcionamiento en 45 minutos. En tal caso, ¿por
qué no las utilizó? Es seguro que así habría conseguido al menos algún impacto
militar. No hay buenas respuestas a esa pregunta si asumimos los escenarios
sobre los que advertía Estados Unidos. Quizá Saddam fue más inteligente que
todo eso. Quizá se imaginó que perdería la batalla militar inmediata hiciera lo
que hiciera, y lo importante era no perder el apoyo de sus seguidores. En ese
caso, quizá les dijo que se dispersaran, después de lo cual podrían lanzar o
alentar una campaña de sabotajes con el doble propósito de sembrar el desorden
y destruir la infraestructura y los rastros. Eso podría entonces crear un
desbarajuste importante que Estados Unidos sería políticamente incapaz de
resolver (dada la complejidad de las tensiones sociales en Iraq), y él podría
iniciar una guerra de guerrillas agotadora. ¿Les parece demasiado inteligente? Tal
vez. Quizá Estados Unidos obtuvo ese resultado sin ninguna planificación por
parte de Saddam.
Si
tenía esas armas, ¿dónde están ahora? Unos cuantos planos en un jardín y dos
camiones que acaso se podrían utilizar en el futuro para fabricar armas
biológicas (y que en cualquier caso les habían sido vendidas por los
británicos) no es un gran trofeo para dos meses de búsqueda. Sé que Iraq es un
país grande, pero presumiblemente las fuerzas armadas estadounidenses son
capaces de llevar a cabo la búsqueda, especialmente si antes de que se iniciara
la guerra disponían, como aseguraban, de informes de inteligencia sobre su ubicación.
¿Están ahora en Siria? No es probable, ya que en tal caso probablemente el
ejército estadounidense estaría ya allí. ¿Aparecerán enterradas en algún silo
bajo el desierto? Quizá. ¿Por qué Estados Unidos se muestra entonces renuente a
dejar que las busquen los inspectores de la ONU? No huele muy bien que digamos.
¿Pero
le preocupaba realmente a Estados Unidos sí Iraq tenía o no esas armas? La
respuesta es no y sí. No, en un sentido muy importante. Los halcones
estadounidenses querían invadir Iraq a fin de invadir Iraq, esto es, para
mostrar al mundo que Estados Unidos podía hacerlo, sólo por ser un indeseable
foco anti-estadounidense en Oriente Medio. Aunque todos los miembros del
régimen de Bush hubieran estado absolutamente seguros de que no había ni nunca
había habido armas de destrucción masiva en Iraq, Estados Unidos lo habría
invadido. Después de todo, Wolfowitz dijo que la insistencia sobre esas armas
era sólo una cuestión de conveniencia burocrática, con lo que quería decir que
era el tipo de argumento que podía inducir a personas vacilantes en el congreso
estadounidense y a la opinión pública a apoyar la acción bélica, pero nunca fue
la auténtica razón.
Pero
por otra parte Estados Unidos sí estaba preocupado por las armas de destrucción
masiva, en el sentido de que está decidido a que ningún otro país ni fuerza en
el mundo esté en condiciones de ponerle límites significativos, y menos aún
militarmente. Eso significa, como he dicho repetidamente, que Estados Unidos no
puede tolerar que la Unión Europea sea políticamente independiente de Estados
Unidos, ni tampoco que ningún otro país posea armas nucleares.
Por
supuesto, hay algunos otros países –el Reino Unido, Rusia, Francia, China,
India, Pakistán e Israel– que ya las tienen. Y Estados Unidos sabe que le
resultaría imposible dar marcha atrás al reloj. Pero la política estadounidense
consiste en impedir que cualquier otro país que esté presumiblemente en
condiciones de desarrollar tales armas durante la próxima década lo haga. No se
trata únicamente de Corea del Norte e Irán, ni siquiera de Libia, Egipto o
Argelia. También están Japón, Corea del Sur, Kazajstán, Ucrania, Bielorrusia,
Alemania, Sudáfrica, Brasil y Argentina. Es una larga lista, pero posiblemente
haya docenas más de países en situación parecida.
El
razonamiento de Estados Unidos es realmente muy simple. El daño que podría
hacer una única y pequeña bomba atómica lanzada en el curso de una guerra es
suficiente para que el precio que tuviera que pagar Estados por una
intervención militar fuera muy alto, quizá demasiado alto. Estos días se habla
mucho de la guerra asimétrica, dando a entender con ello que Estados Unidos
está tan por delante de cualquier otro país en términos de armamento que
necesariamente saldría vencedor en cualquier guerra. Pero las llamadas armas de
destrucción masiva pueden acabar con esa asimetría, dado el impacto político
que el uso de tales armas contra Estados Unidos tendría sobre la opinión
pública estadounidense y su disposición a apoyar la guerra.
Por eso
es comprensible que Estados Unidos trate de frenar la proliferación nuclear. Sin
embargo, hay que decir que esa pretensión es inviable, ya que cambiar los
gobiernos (el famoso cambio de régimen) no resuelve en absoluto el problema. Basta
recordar que quien inició el programa nuclear de Irán no fueron los ayatollah
sino el Shah, al que Estados Unidos había instalado en el poder, y que fue
instigado por los israelíes, que veían a Irán como un freno a Iraq. También
cabe recordar que el programa de armas biológicas de Iraq recibió el apoyo
británico y estadounidense cuando vieron a Iraq como un freno a Irán, y así
sucesivamente.
La
invasión estadounidense de Iraq no ha frenado sino acelerado los programas de
fabricación de armas de destrucción masiva en todas partes. Por otra parte,
Estados Unidos se ve ahora atrapado en una larga y agotadora ocupación de Iraq,
que ha disminuido, no aumentado, su capacidad de proteger sus intereses en todo
el mundo. El 30 de junio el Financial Times se preguntaba si Iraq no se
habría convertido en la Chechenia de Bush, quien tendrá que rendir cuentas por
el uso cínico que hizo de la cuestión de las armas de destrucción masiva cuando
los soldados estadounidenses vayan cayendo bajo el fuego creciente de la guerra
de guerrillas que se ha iniciado.
George
W. Bush aprenderá las lecciones de cualquier gobernante: hay límites al poder,
especialmente si no se utiliza con prudencia e inteligencia. En la historia
reciente rara vez se ha utilizado tan imprudente y torpemente.
Immanuel
Wallerstein (1 de julio
de 2003).
© Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.
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Translated
for RED VASCA ROJA by Juan Mª de Madariaga.
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