Fernand Braudel Center, Binghamton University
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¿Qué puede él cambiar?
Parece ahora bastante probable,
aunque no sea seguro aún, que Barack Obama será el candidato demócrata a la
presidencia. Y parece muy probable que podría ganarle la competencia a John
McCain. También parece casi seguro que crecerán las mayorías demócratas en el
Senado y la Cámara de Representantes. Entonces, parece que Obama podría asumir
el cargo con un mandato relativamente fuerte de parte de los votantes. Si uno
se pregunta cómo es que Obama fue capaz de lograr esto, cuando entró a la
carrera apenas hace seis meses como joven y poco probable vencedor, la
respuesta parece clara. Obama enfatiza el asunto del “cambio” y este punto
parece haberle resonado a los votantes, incluidos muchos que no habían votado
antes.
Por supuesto, cambio es un
término ambiguo y su significado varía según quienes lo pregonen. Pero parece
ser que el asunto del “cambio” responde a un alto grado de incomodidad en
Estados Unidos en el contexto de la actual situación general del país en el
mundo. Las dos zonas de máxima incomodidad son la guerra de Irak y el estado de
la economía. Lo que la mayoría de los votantes parece estar diciendo es que
piensa que la guerra en Irak es un pantano, y que fue un error haber invadido
ese país. En cuanto a la economía, los votantes parecen decir que su nivel
actual de vida ha ido bajando y que tienen mucho miedo de que continúe cayendo
todavía más. Así que, básicamente, rechazan las principales líneas de
argumentación del régimen de Bush, y en gran medida lo culpan por sus
incomodidades. Es menos claro cuáles son los cambios específicos que los
votantes quieren, pero algo desean.
Obama tiene un segundo atractivo
más allá de acometer el asunto del cambio. Es una cuestión de estilo. Él afirma
que está deseoso de hablar con todo mundo. A nivel internacional con las
supuestas fuerzas no amistosas y con los supuestos aliados, y a nivel interno
con personas de todas las facciones políticas. Esto contrasta con la repetida
insistencia de Bush de que hay todo tipo de grupos con los que Estados Unidos
no debería “negociar” jamás.
Hay una segunda clase de
atractivo estilístico de Obama. Él dice, una y otra vez, “¡Sí, nosotros
podemos!” Éste es un punto que retomó de César Chávez, el legendario líder
hispano de los trabajadores agrícolas, cuyo lema era “¡Sí, se puede!” Este
punto atrae particularmente a todos aquellos que se han sentido marginados en
el sistema político estadunidense, y que encuentran que este punto los
empodera.
Así, ahora que Obama parece cerca
de convertirse en presidente, ha comenzado una considerable discusión en la
prensa, en el Internet, y en el debate público, en torno al tipo de cambios que
intenta emprender, de hecho, Obama. Ésa, me parece, es la pregunta equivocada.
La real cuestión es qué tipo de cambios puede hacer, cuestión totalmente
diferente.
El historial de Obama es el de un
demócrata liberal que se opone a la guerra de Irak y cuyo modo de actuar ha
sido siempre de centro-izquierda, algunas veces con fuerza y otras con mucha
prudencia. Es seguro que intenta conferirle un estilo diferente a la Casa
Blanca. Lo que es bastante menos claro es qué tan radicalmente diferentes serán
las políticas que intenta implantar. Pero aun suponiendo que fuera más radical
políticamente de lo que parece a simple vista, la cuestión continúa siendo ¿qué
puede hacer?
Sin duda, los presidentes de
Estados Unidos pueden afectar las políticas de modos importantes –George W.
Bush lo ha demostrado– pero también quedan prisioneros de su propio cargo. Es
por eso importante revisar cuáles son las opciones en política exterior, en
política económica, y en aquel ámbito más suelto que podríamos llamar política
cultural.
En política exterior, el asunto
más inmediato y avasallador es Medio Oriente –no sólo vis-à-vis Irak,
sino también vis-à-vis Afganistán, Irán, Paquistán e Israel/Palestina.
Bush ha trabajado muy duro para atarle las manos a su sucesor. Pero cometió el
error de pensar que la política estadunidense en Medio Oriente está
primordialmente en manos del gobierno estadunidense. Yo ya no pienso que ése
sea el caso. Hay un torbellino de fuerzas en esta región que están más allá del
limitado poder del gobierno de Estados Unidos, como para poder canalizar su
dirección. En Irak, lenta, pero seguramente, acumula vapor el nacionalismo
antiestadunidense. En Afganistán, los talibanes regresan subrepticiamente al
poder de facto y como subproducto amenazan perturbar el funcionamiento
de la OTAN como fuerza internacional. En Pakistán, parece que Estados Unidos
quedará reducido a rezar en silencio para que su amigo Pervez Musharraf, cada
día menos popular, pueda capear el temporal. Los iraníes han decidido que
simplemente pueden desafiar a Estados Unidos sin incurrir en ningún peligro
real. Y tanto Israel como la Autoridad Nacional Palestina se hallan en terrenos
mucho más inestables que nunca, interna e internacionalmente. En gran medida,
Condoleezza Rice es ignorada por todos. ¿Tratarán diferente al secretario de
Estado de Obama?
Si el torbellino deshace las
políticas estadunidenses en la región y si incluso las fuerzas estadunidenses
se retiran de Irak, ¿será la consecuencia que Europa occidental, Rusia, China y
América Latina se acerquen, de hecho a Estados Unidos, aun cuando aprecien el
estilo más amigable e inteligente de Obama? Las tendencias geopolíticas
subyacentes están en contra de Estados Unidos. Obama puede hacerlo mejor que
Bush, pero ¿qué tanto mejor?
La historia no es muy diferente
si miramos el estado de la economía estadunidense. Sin duda, una administración
demócrata tendrá políticas diferentes en cuanto a impuestos, atención a la
salud y medioambiente. Y probablemente 80 por ciento de la población más pobre
la pasará mejor. Pero los empleos en el ámbito de la manufactura no regresarán,
aun cuando Estados Unidos hundiera sus propios pactos neoliberales de comercio.
En este ámbito, hay también un torbellino, uno tal vez aún más poderoso que el
torbellino político de Medio Oriente, y Estados Unidos no controla su
despliegue.
Esto deja un ámbito donde Obama
puede contar con cierto margen, ése que llamo sueltamente el ámbito cultural.
Su campaña ha movilizado una fuerza popular que cobra fuerza y autonomía. Es
ésa donde la gente dice: “sí, nosotros podemos”. Obama pudo haber sido de ayuda
para encender esa fuerza, pero es una fuerza que cobra impulso propio y que
tendrá mucho impacto en lo que haga como presidente. En un sentido amplio, es
una fuerza que lo empuja, como presidente, hacia la izquierda, directamente y a
través de los miembros del Congreso. Es muy difícil decir con exactitud adónde
empujará esta fuerza a Obama. Pero su impacto puede resultar comparable a aquel
que tuvo la llamada derecha religiosa en las políticas del Partido Republicano
en los últimos 30 años.
Martin Luther King Jr. dijo:
“Tengo un sueño”. El sueño de un Estados Unidos diferente con prioridades
diferentes y convenciones más igualitarias. Si este próximo periodo conduce
aunque sea a la realización parcial de un sueño así, tendrá, por supuesto, un
impacto de largo plazo en el papel que juega Estados Unidos, y en el que desea
jugar, en el sistema-mundo. Tendrá un impacto de largo plazo sobre el tipo de
estructuras económicas que Estados Unidos mantiene para sí mismo y que el mundo
mantiene para sí mismo. El cambio es de hecho posible, y es potencialmente un
cambio positivo. Todo depende mucho menos de Obama que del resto de nosotros.
Pero Obama, podría, únicamente podría, darnos el espacio para que el “nosotros”
de “sí, nosotros podemos”, lo empujara a él y a Estados Unidos.
Immanuel Wallerstein
Traducción: Ramón Vera Herrera
© Immanuel
Wallerstein, distribuido por Agence Global. Para gestiones relacionadas con
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comerciales, conectar con rights@agenceglobal.com, 1.336.686.9002 or
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Estos
comentarios, publicados dos veces al mes, son reflexiones sobre el escenario
mundial contemporáneo, visto no tanto desde el punto de vista de la inmediatez
de la noticia sino a largo plazo.
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